Amanda Francisca y Enzo Román invitan a encender el diálogo sobre memoria e identidad a través de la mirada del arte figurativo y contemporáneo, con dos exhibiciones que se inauguran el 7 de mayo a las 19:00 horas en la Biblioteca Pública de la comuna.
Al cruzar avenida Vivaceta y enfilar hacia el poniente por Padre Las Casas, surge una población de fachadas continuas conocida como barrio Miraflores. Recorrerla es adentrarse en un rincón de la comuna de Independencia donde aún persiste el aroma de un pueblo rural, construido a inicios del siglo XX. El paisaje duerme sobre veredas estrechas y pequeños jardines, gatos asomados por las ventanas de las casas pintadas en diferentes colores, y los perros que responden bajo las puertas, sumergidas en desnivel, al eco de lo poco que quiebra el silencio en las calles.
Pasando casi desapercibido, surge una suerte de cité que albergó los talleres de una antigua fábrica de plásticos, telas y muebles de madera. Un espacio que conserva su aspecto industrial y que hoy acoge al Galpón Independencia, centro de creación y galería de arte donde la artista Amanda Francisca desarrolló su trabajo durante 2024. Entre el variado cuerpo de obra que expuso en octubre, comenzó a dar forma a Ladrillo, una instalación que reconstruye las fachadas del barrio a través de ladrillos fiscales tallados, en una apuesta por utilizar los materiales que observa y recupera de su entorno.
Esculpida por el agua, los vientos y el fuego, en el horizonte de oriente, más allá de la avenida, se alza la cordillera con su sempiterna presencia. En tanto frontera, refugio, referencia cardinal o santuario de la naturaleza, es sobre la reminiscencia y la paleta de colores de este cordón montañoso que Enzo Román posa su mirada y su pincel en Chile andino. Una colección de óleos sobre tela que atraviesa nuestra estrecha y vasta geografía, convirtiendo este relieve monumental en el hilo conductor de una narración visual cargada de emociones.
Ambos proyectos expositivos forman parte de la temporada anual de Artes Visuales organizada por Independencia Cultural y fueron seleccionados mediante convocatoria pública. La muestra se enmarca en la 10ª versión del Mes del Patrimonio y podrá visitarse hasta el 12 de junio en la biblioteca comunal, ubicada en Profesor Zañartu 1185, frente a la estación de Metro Hospitales. La inauguración se llevará a cabo el miércoles 7 de mayo a las 19:00 horas y contará con la presencia de sus creadores, invitando a encender el diálogo sobre memoria e identidad desde la mirada del arte figurativo y contemporáneo, con barro y óleo como materia.

La forja de Ladrillo
Ladrillo es la continuación del resultado de una residencia artística de un mes y medio realizada por Amanda Francisca en el Galpón Independencia, gracias a las gestiones de Catalina Bauer e Yvonne González. Juntas diseñaron un proceso que culminó en una exposición profundamente inspirada en el entorno titulada Pequeñas multitudes, donde la artista además desarrolló instalaciones de hojas, ramas y tallos de plantas.
Aunque su intención inicial era trabajar con piedra, material que ha sido central en investigaciones anteriores, el entorno del barrio Miraflores la llevó a reorientar la búsqueda. “Al iniciar la residencia nos dimos cuenta de que no conversaba con este nuevo contexto. Siempre me ha interesado cómo la piedra se rompe, porque revela cómo está formada”, explica. Su interés nace de hallar en ellas “una puerta de entrada a procesos geológicos, a la biografía de la tierra”, añade.
En busca de un material similar, se encontró con el ladrillo fiscal, llamándole profundamente la atención “la transformación de las fachadas” en las que afirma “se puede leer el paso del tiempo”. “El ladrillo a la vista en contraste con el ladrillo pintado, las ventanas en desuso tapadas con ladrillos, las puertas grandes de almacenes que intervienen los arcos originales de estilo clásico”, comenta. “Me interesa abrirme a la dimensión histórica del ladrillo y su producción artesanal”, agrega, marcando así una nueva línea de exploración de su trabajo.
La serie original presentada en el Galpón consistió en seis ladrillos tallados, pero para su nueva instalación en la Biblioteca Pública, Amanda amplió el conjunto a 20 piezas. “El ladrillo tiene algo como materialidad que es conmovedor que pasa sobre todo por su carácter artesanal, su cualidad terrosa, polvorienta, ferrosa, su color cálido, su tamaño, su forma. Su proceso cerámico es maravilloso y nos remonta a los elementos: la tierra, el agua, el aire y el fuego. Su proceso de producción es el mismo, a grandes rasgos, que el ceramista lleva a la perfección en su taller”.
Reconoce que su aproximación al patrimonio es “en calidad de visitante del barrio”. Por ello, más que “la instrumentalización del arte al servicio de una crítica social”, su obra propone un desplazamiento del debate, al señalar que su interés “no es hacer un juicio sobre el estado del patrimonio arquitectónico, sino levantar la pregunta”, llevándola a un “espacio menos intelectual”.
Así, la riqueza y sensibilidad de su trabajo recoge las huellas de la memoria de los abuelos que forjaron la identidad del barrio hace más de un siglo. “Me conmovieron sobre todo los relatos de construcción con barro crudo, con adobe, la colaboración entre vecinas y vecinos, en contraste con la competencia y el individualismo que rigen en todos los ámbitos de la vida en la ciudad hoy en día. Muchas casas fueron levantadas a pulso, pisando el barro”, concluye.

Los colores de Chile andino
Chile andino es el nombre de la exposición de Enzo Román, quien lleva más de cuatro décadas observando y retratando la Cordillera de los Andes como parte inseparable del paisaje y la idiosincrasia nacional. Su trabajo busca reconectar con la emoción que despierta la naturaleza y rescatar, a través de la pintura, la potencia visual de este patrimonio geográfico del país.
“Es de lo más importante, porque es como un saludo diario cuando miramos la cordillera y nos reflejamos en ella”, responde este antiguo docente de artes plásticas y dibujo industrial cuando se le pregunta por la relación que mantenemos los chilenos con este relieve monumental. Su mirada está atravesada por años de contemplación y registro constante, en los que la montaña se ha convertido en un motivo permanente y a la vez siempre nuevo.
Explica que sus obras nacen “desde la emoción y la observación directa” y se alimentan de la fuerza de los contrastes. “Es admirable ver la cordillera cuando es invierno y está lloviendo y se llena de blanco con la nieve y el frío, y en verano se muestra color roca y con rastros de nieve”, dice, y revela que “el color es fundamental para trabajar con el claroscuro, los grises, los celestes”, porque “esto determina, finalmente, la fuerza que se imprime al paisaje”.
La diversidad geográfica que ofrece Chile — desde el desierto nortino hasta los hielos de la patagonia — le ha permitido renovar su aproximación a la pintura de paisaje, sin abandonar nunca el protagonismo del coloso. “No hay en el mundo la diversidad de paisajes observables como pintor y con la cordillera acompañándonos como telón de fondo, como los que hay en nuestro país”, sostiene.
A través de este “ejercicio contextual del territorio”, Román —también fundador de un taller de repujado en cobre en los años 70— busca fomentar un vínculo emocional con el entorno natural y cultural. “Es posible lograr, a través de la pintura, que las personas valoren y se enamoren de su paisaje”, afirma con convicción. Por ello, su mensaje a las nuevas generaciones de artistas es directo: “Que pinten y dibujen todo lo que les ofrece este país maravilloso”.
